﻿Descartes - Clase 6
 
La existencia de las esencias de las cosas materiales

Comenzamos con la etapa de las “recuperaciones”. Uno de los objetos principales 
en la quinta meditación es la esencia de las cosas materiales, y en la sexta 
meditación, la existencia de las cosas materiales. La quinta meditación el 
meditante se encargará de decir que las esencias de las cosas materiales 
existen; en la sexta, que las cosas materiales existen en tanto materiales. En 
otras palabras, se recuperan en primer lugar las entidades matemáticas que, 
además, constituyen la esencia de las cosas materiales, y finalmente, se 
recupera su materialidad. La siguiente imagen no pertenece a Descartes, pero 
puede servir. Las cosas materiales son como un durazno: la esencia es el carozo. 
En la quinta meditación se prueba que existe el carozo; en la sexta, se habla 
del durazno a nivel de su “carne”, y se prueba que existe carnalmente hablando. 
Todo este movimiento da lugar, al mismo tiempo, a la legitimación de las 
ciencias de la razón (aritmética, geometría) en primer lugar, y de las ciencias 
empíricas (astronomía, medicina, física) en segundo lugar.
El meditante dice querer deshacerse de todas las dudas en que cayó los días 
pasados respecto de las cosas materiales, para lo cual comenzará por examinar 
sus ideas (esencias). Descartes ya habló de ellas en la segunda meditación, con 
el ejemplo de la cera. Entonces, había dicho que a la esencia de las cosas 
materiales pertenece el ser algo extenso, flexible y mudable. A éstas 
propiedades esenciales se agregan ahora otras: cantidad, número, magnitud, 
figura, situación, movimiento, duración. ¿Por qué el meditante se pone a hablar 
del triángulo? Digamos que el triángulo y la esencia de la cera son 
prácticamente lo mismo. Hablar de triángulos es hablar de las esencias de las 
cosas materiales. El comienzo de la quinta meditación suena bastante a 
platonismo: al conocer esas esencias me acuerdo de lo que ya sabía antes; las 
propiedades de esas cosas ya estaban en mi espíritu... y la afirmación 
importante: esas esencias existen. Pero no existen en el mundo –no hay 
triángulos en el mundo-; existen en mi mente. Son esencias, inmutables y 
eternas, y pertenecen a mi espíritu. El meditante parece tener necesidad de que 
los objetos de la geometría y la aritmética existan, como si eso reforzara el 
aval que quiere dar a las ciencias que los estudian. Esas ciencias, parece decir 
el meditante a sus objetores, se ocupan de cosas reales, no de nada. Argumenta 
que lo que concierne a tales esencias no es invención suya (no puedo inventar 
que los tres ángulos de un triángulo rectángulo son iguales a dos rectos), ni 
fue adquirido a través de los sentidos (puedo pensar un quiliógono sin que jamás 
lo haya observado). Son ideas innatas. Se desliza también otro sentido en el 
discurso cartesiano: no ya que las esencias existen (sin más), que el triángulo 
existe (sin más), sino que las propiedades que concibo con claridad y distinción 
como constituyentes de la esencia del triángulo existen en el triángulo. Lo que 
concibo con claridad y distinción, existe en el objeto, pertenece a él. Es en 
este sentido que lo verdadero y lo real coinciden. Así, es claro y distinto que 
los tres ángulos de un triángulo rectángulo forman dos rectos; pues bien: eso 
forma parte de la realidad del triángulo.
De la esencia se sigue la existencia; aquéllo que concibo con claridad y 
distinción como parte de la esencia existe. Esta fórmula, cuyas bondades fueron 
probadas con el triángulo, se va a aplicar ahora a Dios. El meditante desprende 
de ella una nueva demostración de la existencia de Dios. Pasará de la esencia de 
Dios a la existencia de Dios (“argumento ontológico”). Pero Dios no es lo mismo 
que un triángulo, o que una montaña. ¿Cuál es la diferencia? Que de la esencia 
triángulo rectilíneo se sigue la existencia en el triángulo de que sus tres 
ángulos son iguales a dos rectos (o bien, la existencia del triángulo en tanto 
entidad mental). No puedo separar en el triángulo, dice el meditante, una cosa 
de la otra. Asimismo, no puedo separar la idea de montaña de la idea de valle: 
es imposible concebir una montaña sin valle. Ahora bien, de todo esto no se 
sigue que haya algún triángulo en el mundo, alguna montaña o algún valle en el 
mundo. El caso de Dios es distinto. De la esencia de Dios se sigue la existencia 
de Dios en el mundo. Como no puedo concebir a Dios sin existencia, se infiere 
que la existencia es inseparable de él y, por lo tanto, que existe 
verdaderamente. La perfección es una nota de la esencia de Dios. Si Dios es 
perfecto no le falta nada, entonces no le falta la existencia (que es una 
perfección), entonces existe.

“… encuentro manifiestamente que la existencia no puede ser ya separada de la 
esencia de Dios, como de la esencia de un triángulo rectilíneo la magnitud de 
sus tres ángulos iguales a dos rectos, o bien de la idea de una montaña la idea 
de un valle; de modo que no hay menos repugnancia en concebir un Dios (es decir, 
un ser sumamente perfecto) al que le falte la existencia (es decir, al que le 
falte alguna perfección) que concebir una montaña que no tenga valle. / Pero 
aunque, en efecto, yo no pueda concebir un Dios sin existencia, como tampoco una 
montaña sin valle, sin embargo, únicamente porque concibo una montaña con un 
valle, no por ello se sigue que haya alguna montaña en el mundo…”
“... pues del hecho de que no puedo concebir una montaña sin valle no se infiere 
que haya en el mundo una montaña, ni un valle, sino solamente que la montaña y 
el valle, existan o no, de ningún modo se pueden separar uno de otro; mientras 
que como no puedo concebir a Dios sin existencia, se infiere que la existencia 
es inseparable de él y, por lo tanto, que existe verdaderamente…”

A la objeción de que la existencia es inseparable de la esencia sólo en el 
pensamiento, y por lo tanto que lo único cierto es que concibo a Dios como 
existente, se responde que no es la necesidad de mi pensamiento la que impone 
una existencia a la cosa, sino la necesidad de la cosa la que impone a mi 
pensamiento concebirla como existente.


El papel de la memoria en las ciencias

Ya sé que Dios existe y que es veraz. Ya sé que todo aquello que concibo con 
claridad y distinción es verdadero. Ya tengo la receta para mantenerme en la 
verdad cuando juzgo, que consiste básicamente en juzgar sólo sobre lo que 
entiendo. Ahora bien; ¿quién me asegura la verdad en aquello que no entiendo o, 
mejor dicho, que no estoy entendiendo ahora, sino que entendí antes? En la 
quinta meditación descubrimos que en la cuarta se consolidó una seguridad del 
instante en relación con los juicios. La cuestión que debe abordar ahora el 
meditante es la de asegurarse la verdad no respecto de lo que entiendo en el 
presente (tarea ya realizada en la cuarta meditación) sino de lo que entendí en 
el pasado. ¿Puedo tener por válidas en hoy las verdades demostradas ayer? ¿Puedo 
contar ahora con aquello que entendí recién?
La confianza en la memoria es importante en los razonamientos, en donde procedo 
por pasos sucesivos, y en consecuencia el tiempo transcurre. En la hipótesis del 
genio maligno no hay tal confianza. Descubrimos ahora que esa hipótesis afectaba 
la confianza en la memoria. Pues en esa hipótesis el genio maligno me hace creer 
que entendí algo cuando en realidad no lo entendí. Es como si acabara de nacer 
pero soy engañado y se me hace creer que cuento con un largo pasado. Pongamos 
otros ejemplos. Acabo de despertarme. Tengo anotado en mis papeles que 2 y 3 es 
igual a 5, que 1549 menos 238 es igual a 1311. Son cosas que anoté ayer, antes 
de dormir, o que creo haber anotado ayer, y que creo haber pensado con 
suficiente claridad. ¿Quién me asegura que, en el intervalo, el genio maligno no 
me cambió los papeles? Él anotó 2+3=5, no yo; él anotó 1311. Acaso lo que yo 
entendí ayer es que 2 y 3 es 6, y que 1549 menos 238 es 1240. Para estar seguro 
de que lo que está escrito en el papel es cierto, en la hipótesis del genio 
maligno, debería volver a pensarlo. Imagínense ahora que tienen un examen de 
filosofía, tema Descartes. Ustedes toman apuntes durante dos meses, anotan lo 
que el profesor dice. Supongamos que es un tipo confiable, pueden confiar en que 
no los quiere engañar, en que les dice su verdad sobre Descartes. Así que si no 
aprenden Descartes, por lo menos aprenderán el Descartes del profesor. Además, 
por pereza o falta de tiempo, ustedes no leyeron directamente a Descartes, de 
modo que sólo cuentan con esos apuntes tomados en clase. Vuelven a los apuntes 
apenas unos días antes del examen, algunos de los cuáles fueron tomados bastante 
tiempo atrás (los apuntes sobre la primera meditación), y que ustedes guardaron 
en la mesa de luz. ¿Quién les asegura que el genio maligno no les cambió los 
papeles? Y en los nuevos papeles, que ustedes toman por los originales, el genio 
maligno escribió que Descartes era un filósofo griego, que nació en Atenas, y 
que dijo sólo sé que nada sé. El genio maligno se muere de risa, y ustedes 
fracasan en el examen. ¿Cómo confiar en la seguridad de esa mesa de luz que es 
la memoria?
Cuento con una solución, que es pensar de nuevo el asunto (en el último ejemplo, 
pedir otros apuntes, desgravaciones, preguntarle al profesor…). Pero, como 
matemático, no puedo estar todo el tiempo re-pensando y demostrando cada una de 
las cosas con las que cuento como verdades. Cuento con que los ángulos 
interiores de un triángulo suman 180°, y sobre eso avanzo. Hay cosas que ya dijo 
Euclides: las doy por ciertas y voy para adelante. No puedo estar demostrando 
todo el tiempo todo. Pero así habría que hacerlo si supongo que existe un genio 
maligno. No puedo mantener el espíritu siempre atento en todas las cosas con las 
que cuento como válidas en mi actividad. Pues cuando mi atención se focaliza en 
ésto deja de focalizarse áquello. Ya dijimos que el yo no es Dios, que posee una 
luz potente pero momentánea. No puedo mantener la atención en todo a la vez. En 
el intervalo se me cuela el genio. Entonces, otra de las consecuencias de la 
demostración de la existencia de un Dios veraz es la confianza en la memoria, 
herramienta indispensable en las ciencias abstractas y, como veremos en la sexta 
meditación, también en las ciencias de la naturaleza.

“… sin embargo, puesto que soy de tal naturaleza que no puedo mantener el 
espíritu siempre fijo en una misma cosa y que a menudo me acuerdo de haber 
juzgado una cosa como verdadera, cuando dejo de considerar las razones que me 
han obligado a juzgarla así, puede suceder en el intervalo que se me presenten 
otras razones, que me hagan cambiar fácilmente de opinión, si ignorara que hay 
un Dios. Y así jamás poseería una ciencia verdadera y cierta de nada, sino 
solamente opiniones vagas e inconstantes. / Como, por ejemplo, cuando considero 
la naturaleza del triángulo, conozco, evidentemente, yo que soy algo versado en 
geometría, que sus tres ángulos son iguales a dos rectos, y me es imposible no 
creerlo, en tanto aplico mi pensamiento a su demostración; pero tan pronto como 
lo aparto, aunque me acuerdo de haberlo comprendido claramente, sin embargo, 
puede suceder con facilidad que dude de su verdad si ignoro que hay un Dios.”
“Pues después que reconocí que existe un Dios, porque al mismo tiempo he 
reconocido también que todo depende de él y que no es engañoso, y que como 
consecuencia de ello he juzgado que todo lo que concibo clara y distintamente no 
puede dejar de ser verdadero; aunque no piense más en las razones por las que he 
juzgado que aquello era verdadero, siempre que me acuerdo haberlo comprendido 
clara y distintamente, no se me puede aducir ninguna razón contraria que me haga 
ponerlo jamás en duda, y de este modo tengo una ciencia verdadera y cierta. Y 
esta misma ciencia se extiende también a todas las demás cosas que me acuerdo 
que he demostrado en otra oportunidad, como las verdades de la geometría y otras 
semejantes…”

Gracias a Dios, el meditante posee el medio de adquirir una ciencia perfecta no 
sólo respecto de Dios mismo, sino respecto de la naturaleza corporal, en tanto 
objeto de la geometría.
Si queremos, la cuestión va mucho más allá de las matemáticas. ¿Sobre la base de 
qué criterio podemos tener el pasado por válido? Luego de alguna salida, ustedes 
querrán volver a sus casas. ¿Cómo saben dónde están sus casas? Confían en la 
memoria. Pero si existiera un genio maligno se van a dirigir a una casa que no 
es. Hume planteaba una cuestión relativa al futuro: ¿sabemos que el sol saldrá 
mañana? No, no lo sabemos. Lo conjeturamos. Es una conclusión probable, extraída 
a partir de cierta cantidad de experiencias previas. No es lógicamente 
necesario: lo contrario del enunciado “el sol saldrá mañana” no implica 
contradicción; tampoco se trata de un enunciado basado en la observación. Así 
nos movemos en la vida cotidiana, creyendo que el futuro será como ha sido el 
pasado. Es un mecanismo sumamente útil para la supervivencia, con el que cuenta 
el hombre, y también los animales. Pero –en términos de Hume- las “cuestiones de 
hecho”, es decir, los enunciados acerca de la naturaleza, no son ciencia 
rigurosa. Hume postulaba la ausencia de un futuro cierto; Descartes sugería la 
ausencia de un pasado cierto. Pero en definitiva las dos cuestiones están 
emparentadas: ¿Qué garantías tengo del pasado con vistas a manejarme en el 
futuro? Descartes debió salvar la dificultad con Dios.
Algo que queda pendiente, y que permitiría establecer un vínculo entre la 
primera parte y la última parte de la quinta meditación, es lo siguiente: si las 
ideas innatas, las entidades matemáticas particularmente, son objeto de mi 
recuerdo, puesto que cuando accedo a ellas no hago más que saber lo que ya 
sabía, ¿no será que, para el meditante, asegurarse la confianza en la memoria 
significa no sólo asegurarse la verdad en los procesos discursivos, sino también 
asegurarse la verdad de tales esencias, a las que se accedería intuitivamente, y 
que en definitiva residen en una "memoria"? Tal vez Descartes esté diciendo 
también eso. 